Un día, un beso repentino enciende un deseo reprimido durante mucho tiempo. Akari, una chica que siempre se queda en la enfermería, lejos del aula, tiene una cicatriz tallada en su delgado brazo. Kanae, una profesora casada, también tiene un moratón oculto bajo las mangas largas que siempre lleva. Mientras se lamen mutuamente las heridas, incluso el dolor de sus corazones empieza a disiparse. Es un calor que no puede llamarse amor, una obsesión que no puede llamarse cura. El roce de los labios y las yemas de los dedos era como un abrazo. La emoción de Akari estremeció a Kagami, y entonces...